Desde la Ciudad de México
El sábado pasado, al mediodía, arrancó desde el Zócalo de la Ciudad de México para llegar hasta el Ángel de la Independencia, la tercera edición del Desfile de Alebrijes Monumentales. Entre los más de 130 animales extraídos de la imaginación de cada uno de los alebrijeros conocí a Juan Camaleón y a su mentor Mauricio Mercado. Mauricio es un hombre alrededor de los 40 años, con bastón y Juan Camaleón una iguana colorida, de cuatro metros -el límite de altura para concursar- con la lengua muy larga, de la cual había que cuidarse su creador. Daba de vueltas Juan Camaleón en la avenida Reforma, echando humo por la boca como si fuese un toro bravo, mientras la gente gritaba o aplaudía o tomaba fotos con esta casi enferma necesidad actual por capturar el instante del instante del instante, hasta lograr el encuadre imperfecto de la vida cotidiana.
No recuerdo tantos datos de Mauricio, pues el andar caminando por las calles del Centro Histórico, tomando el instante del instante y también algunas notas sobre el humor del desfile, mi conversación con Mauricio fue, entre los trompetazos de La Banda Coqueta –no eran mujeres en bikini, sino un grupo de hombres con trompetas y tambores- que ponía más tono festivo a este de por sí andar de seres extraños y extravagantes que caminaron cerca de cuatro kilómetros, lo que impidió poder ahondar más en ese momento con Mauricio. Fue hasta la noche en la premiación que pude cruzar algunas palabras con él y su equipo, me dijo que en realidad obtener este reconocimiento de 50 mil pesos, no era necesariamente el objetivo de todo esto, para este hombre de rostro apacible agregó que Juan Camaleón, para él y su familia, es un juguete que aún no se sabe a dónde irá parar el resto de sus días.
Después de Juan Camaleón, conocí muchos más, entre ellos a una Serpiente Enlunada llamada Galileus, que se le reventó una llanta, tal como si fuera una carrera de fórmula uno. Este dragón azulado es de un joven sonriente de 31 años, que era carnicero cuatro días a la semana y alebrijero los otros tres, es decir que cuatro días Iram destaza carnes para vivir y los tres restantes para construir animales de ensueño; más adelante el Dinosaurio Precioso, ¿nada que ver con el de Puebla?, le pregunto al maestro de secundaria que además de decirme que no, me explica que un año antes, cuando pasaba por avenida Reforma, con su familia, su hijo le dijo que hiciera un alebrije y sin tanto pensarlo Alberto Martínez, puso los alambres y cartones para este precioso dinosaurio;
otro más fue la historia del mecánico José Velazco que emprendió la aventura de hacer un alebrije monumental en su casa hasta que su esposa, le dijo: ¿o Tonalli o tú?, total que toda la familia acabaron en el desfile que hasta la hijas de José en un modelo de poca ropa, no faltaron los mirones que se fotografiaron con ellas.


Los angelitos negros y los blancos también estuvieron tocando, no el cielo sino el pavimento de la Ciudad de México. El primero, de una joven, que además de ser Licenciada en Administración del Tiempo Libre y Chef, en su tiempo de ocio creó este Ángel de la Independencia bastante peculiar que surgió cuando veía un programa de televisión y el comediante Omar Chaparro, dijo en una de sus brillantes participaciones: ¡Vámonos al Ángel! y ahí estaba el tema de su alebrije, que por cierto Greta López, me lo iba contando cuando estábamos a escasos metros del verdadero Ángel de la Independencia;
el otro angelito blanco, de 28 años de edad y con patines, llevaba una empresa compleja con su ajedrez gigante, donde es cierto, crear dos torres o dos caballos iguales de manera artesanal, no parece ser tarea sencilla, menos cuando falta elaborar a los contrincantes de ese gran tablero, para luego tratar de romper un Record Guinnes con un ajedrez gigante de alebrijes para que ¡Juguemos Alebrijez!, el nombre por cierto de éste, por eso Sandra Bruli rifaba una de sus piezas al terminar el desfile, para obtener dinero y poder realizar el resto de las piezas
La artista conceptual francesa que pedaleaba una bicicleta tamalera, Anne Basaille vino de residencia artística a México, durante dos meses, y se le atravesó el desfile de alebrijes, saca entonces de su exposición con el tema del inframundo en alguna galería del Centro Histórico, un Gallototem para que le pegue la luz del medio día,
una fusión del gallo francés con el guajolote móvil donde quedan los tamales, raspados, chicharrones, cigarros, garrafones de agua, periódicos viejos, banderas patrias, personas cansadas y hasta un alebrije francés.
El Domador de Sueños que lo acariciaba una atractiva mujer morena, en cada contorción de ella, éste cambiaba a un color más intenso; Pocglemong, con el número 154, que lo trajeron desde Oaxaca, realizado por Tribus Mixes, es una iguana dragón, que existe en la sierra, el cual ganó el segundo lugar en la premiación. Un animalón, colorido como la comida oaxaqueña y ya más adelante había un árbol de la vida artificial en su sitio de avenida Reforma donde estará durante dos semanas plantado. Éste se confundía con los árboles vivos del mismo lugar, abogando su creador, Eduardo Ramírez, a la reflexión de cuidar el planeta, sino las plantas muertas serán las únicas que podremos sembrar.
Quedan muchos alebrijes que escribir, pero estos son los que recuerdo, en mi vaga memoria de un sábado de octubre, al medio día, cuando conocí a Juan Camaleón y a su Juan Camaney.
Lo más interesante de todo esto es que uno acaba volviéndose un ser de colores, un alebrije, un Juan Camaleón, cuando se trata de explorar cómo surge en cada uno de los alebrijeros la inquietud de hacer uno de estos y no encuentro otra respuesta que el mismo espíritu humano de llevar los sueños a lo tangible, sin ninguna pretensión que hacerlos realidad.
